Archivos Mensuales: marzo 2014

Después de todo…

No me hubiera molestado otro contexto, otra narración o incluso otro tiempo. La promesa que hicimos solo fue hecha porque sabíamos que no se cumpliría. Aceptamos las consecuencias, nos salimos de la historia, y ahora que ya terminó todo, encontré la continuación. Quizá son solo excusas que me he hecho creer para no volver a olvidarte, quizá quiero retomar la historia para terminarla bien; aunque quizá esté mintiendo, quizá nunca quise terminarla, o quizá solo quiero tenerte cerca una vez más.

Ya estábamos casi enterrados por el largo tiempo que dejamos pasar, pero nunca dejamos de caminar en líneas paralelas. Cuando la sincronización al fin nos dejó salir volví a caer en el lamento de las cosas que nunca fueron, llevándote como protagonista de mis pérdidas de cordura y atinación. Los desvaríos aumentaron y caí nuevamente en la suavidad que dejaste impregnada en mi espalda con tus manos, memorando todo aquello que dejamos atrás.

Hoy ya no importan los motivos, o al menos eso creo que responderás cuando te trate de explicar cómo miro que me miras, bajo un descuidado brillo y reclamo de tu alma, echándome en cara los porqués y las promesas que, aunque sabíamos que no durarían, todavía están en la línea divisoria entre nuestro presente.

Porque ese nerviosismo que siento cuando me mirás sos vos; es el recuerdo, el olvido, el pasado y el futuro que aún lleva tu nombre; como también lo que tardío e impreciso te sigo escribiendo, así como siempre he sido, como sabes que soy, como esperas que siga siendo para tener razones para intentar hacerme olvidar lo inolvidable.

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Dentro de la espera

Quién diría que estuviéramos tan cerca de los límites. El siguiente paso solo es un avance en medio de la incertidumbre del tiempo y del espacio; el anterior solo es coincidencia amarrada a las decisiones de ser o estar. El futuro solo es un espejismo a fin de cuentas. El único futuro que he conocido es el presente, y el presente es el momentáneo lapso de tiempo que pasa desapercibido. Es una utopía que prácticamente solo se puede esperar sentado en un andén, partido entre la realidad y el imperceptible paso de la vejez.

Al menos sigo con la seguridad que da el no estar seguro, así paso mis días restantes y recorro las noches en las que me mantengo fuera de mí. La esperanza que me queda es la que me mantiene vivo, y, a veces, la que intenta matarme; es cuestión de ida y vuelta, como un huracán que se equilibra manteniendo la calma en su centro, pero aún sigue el silencio característico de la llegada de lo inesperado, como esos años que sin esperar me han arrastrado hasta donde estoy ahora, aunque aún no sé por qué les mantengo la cuenta, me siguen pasando encima y tal parece que no he aprendido a cómo llevarlos puestos…