Pasajero

Brillaba una tarde plena con sus dos en punto y descontando. Hacía rato habían comenzado a trazarse las líneas perseverando en la imagen arrojada por las ventanas del tren hacia la mirada de unos cuantos perdidos en esa sintonía; un silencio pesado se sentía en piel, indicando que en ese vagón no habían acompañantes, solo viajeros solitarios, y algunos, sin rumbo trazado.

La conciencia de tiempo se paseaba libremente por la cabeza de la mayoría; pero por la de uno bajaban y subían del tren el resto de pasajeros, que seguían y seguían marcando sus pasos por el suelo de madera, queriendo de alguna manera dejar huella en el viaje.

Luego de media hora de ocuparse del resto, puso basta atención a su subjetivo objetivo: la ventana y lo que ésta le podía enseñar.
Don’t stop me now, ‘cause I’m having a good time…
Sostenía en su garganta lo gritado por dentro, pensando a lo mejor en la relatividad brindada por la distracción sobrepuesta por él mismo. Veía su reflejo en el cristal y se preguntaba si realmente era él, si la existencia existía, si solo era un sueño de alguna noche perdida entre insomnios… y alguien se sentó a su lado.
El tren se había llenado, quién sabe de qué, pero no había otro espacio disponible, así que no quedaban sospechas. No quiso voltear o darle importancia al asunto, estaba entretenido
entre la ventana y su misma vista, pero el pasar de hojas al lado se mantenía intacto a pesar del ensordecedor sonido del tren; así que el instante para voltear se hizo presente.
Era una damita de pelo negro y piel de papel. Sus dedos delgados buscaban casi desesperadamente un algo en el cuadernillo que sostenía con su otra mano, hasta que se detuvo en el primer espacio en blanco que encontró. La perspectiva y el miedo de ser
descubierto husmeando le impidió saber qué escribía con tanto placer y dedicación, y parecía que en serio le importara leer el asunto.
Solo descubrió tres cosas: usaba anteojos de carey, auriculares y un shampú que lo llevaría lejos de ahí. Cuando ella levantaba la mirada, rápidamente regresaba a su ventana y a su sintonía. Quién sabe si ella podría leer su mente…
No se percató del largo rato que pasó haciendo lo mismo, hasta que ella se levantó y se bajó del tren. Estuvo tan cerca como tan lejos. Fue como el tiempo: relativo.

Cuando el tren se detuvo en la última estación, bajó sin recordar su propio rostro, no podía dejar de imaginar qué ocultaban esos anteojos o qué voz se escondía en lo que fuera que escribió.

En el regreso seguía sin recordar su rostro, pero no importaba. Lo que le mostraba el reflejo que encontraba en la ventana debía ser, pero aún se preguntaba si la existencia existía.

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