Archivos Mensuales: junio 2013

Blanco seco

Es extraño cómo cualquiera puede leer la tristeza, porque es como sentir el frío, un fondo blanco por encima del rostro. Hoy descubrí que hasta yo puedo ser reflejo de una ola gris que arrastra a la orilla todo lo que no existe, con un paso abrogante y mísero al lado de la irregular superficialidad que conlleva una vista perdida y combinada con el asfalto.
Qué extraño es, aunque sea por un momento, no tener reflejo.

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El eco del silencio

Parece que es más sencillo admirar el reverso de las pupilas cuando todo es más lejano, más sordo; parece que es más sencillo pensar cuando ya todo ha pasado, y hacer una regresión hipotética cuando todo está perdido.
Ahora escribo en sordo para que el estallido no lleve repercusión alguna, como gritar entre gritos.
Al final, terminamos siendo ordinarios porque nuestro silencio se escucha igual ante los demás. Un silencio redundante que no acompaña. Ya mis dedos se quedaron sin lugar, mi cabeza, perdida entre los giros y aún no hay alguien en casa, que sigue tan vacía como tus ojos, cayendo otra vez en lo que dejé en tus manos cuando caminamos por las seis, por las cinco treinta: un silencio que nadie tenía.
Pero siempre queda impregnado un leve golpeteo, ya no sé si es el reloj o el aún viajero latido recordándome la imposibilidad de detener el paso…

A fin de cuentas, el silencio es un recordatorio de que aún el vacío ocupa espacio, un espacio increíblemente acompañado del sonido de un piano, a donde las historias usualmente se van, a donde la ciudad finalmente termina.

The Fool on the hill.

Y la noche también se sienta para vernos pasar, uno a uno, pero solo se detiene a admirar la soledad del tonto de la colina, aquel que se esconde hasta de su sombra, quien no soporta la luz de la Luna. Por eso, a veces, la noche cierra sus ojos para poder verlo.
En un costado del camino dibujado en la colina se queda, recibiendo el mismo viento que arrastra el otoño físico y lo disuelve entre él mismo.
Las noches de Luna nueva encierran más de lo visto, encierran un momentáneo lapso de vacío y un arrastrar de hojas con el tonto de la colina.

-Y se que la noche se desvanece, pasa y pasa alrededor y yo sigo varado en el mismo lugar, al medio, despistado, con un reloj latiendo con fuerza mientras despierto en alguien ajeno a la realidad de los ojos abiertos. Al detenerme y ver cómo pasa la noche, me vuelvo olvido, un olvido que no pasa, como eterno nudo en la garganta; pero sí pasan brisas y me voy sin irme, vuelvo sin caer en el recuerdo, solo soy yo y la noche pasando a fin de cuentas.-

Pero no, nada importaba porque ahí el tiempo sí paseaba frente a él, a oscuras, solo era perceptible la silueta. Eso era lo que más le sobraba y le hartaba, el tiempo.
Porque pasaba y paseaba no solo frente a él, sino también frente a las paredes, con ese odioso sonido que sobresalía aún con el grito más fuerte, nunca paraba, aunque sus pilas no tuvieran carga siempre había otro reloj haciendo resonar ese sonido y otro más y otro más y otro más.

Cada día se hacía más corto, otro abrir y cerrar de ojos y ya era julio, un respiro más y la noche se había ido. Ahí era necesario detenerse. Cómo el >pasar el tiempo pensando en cómo pasa el tiempo< era una pérdida de tiempo. ¿Cómo pasar el tiempo sin que pase el tiempo? Si al tratar de regresarlo, de imaginar cómo pasara o cómo está pasando, sigue y sigue pasando.

-Al final, soy tiempo. Cada paso es un segundo, minuto, hora; cada parpadeo es otro segundo, minuto, hora, cada recuerdo, palabra, cada sensación me hace más viejo.-

Lejos, por lo bajo, un cierto tono ascendía al lugar de la colina. Como zumbido del viento llegaba, tardío, pero a tiempo. Irónico. Melodioso.

Reloj, no marques las horas que voy a enloquecer…

Por la niebla, hacia arriba

Iba caminando en la autopista con una mirada opaca, hacia abajo; distraída parcialmente para dejar más atras los pasos lentamente dados. El día no se prestaba para ver al frente, hacía un frío penetrante en los huesos despojando la claridad particular de la vista hacia las montañas; tampoco se prestaba para salir de casa, solo tenía pinta de quedarse frente a una ventana a verlo pasar por las calles vacías, pero precisamente ese día, él tuvo un asunto importante por cubrir.
Una brisa inquieta le hizo sostener la entrecerrada mirada en el resto del camino, lejano, vacío y nublado; como aquellos días en los que un balcón le mantenía vivo, con la vista hacia arriba, perdida en los tonos grises tristes, pero con el alma en el aire, lloviendo y siendo parte de todo eso expresando libertad.
Solo un recuerdo le bastó para regresar al fin de lo que huía, pisó el asfalto más fuerte y miro hacia el cielo, levantó sus manos y el frío desapareció.

Parado detrás del suspiro

Pasé de tener muchas voces a estar escuchando solamente una, constante y caminante conmigo y con el camino. La voz me ha traído nostalgia, alegría, frío y fuego para alimentar el tiempo que pasa sin ver hacia atrás.
Siempre me dice que hay algo detrás del último suspiro: vida. Y ciertamente eso es lo que hay, porque cuando abro la puerta para suspirar con más claridad, una ráfaga de viento golpea mi rostro y me devuelve a la realidad equipado con otra mirada, una mirada que abre paso al sosiego y a la lejanía, haciéndome sentir extraño de existir y consciente de vivir. Detrás del último suspiro, hay vida.

Pleno viaje de Rocío

Caminaba lento, viendo al frente con el rostro levemente levantado, como imponiendo su altivez culta detrás de sus anteojos. Parecía siempre ver al mismo sitio, pero por segundos volteaba e intentaba perseguir con sus ojos a aquel que en silencio admiraba su cristalina y radiante piel, contrastada de gran forma con los tonos sepia y negro con los que vestía.
Parecía tan fuera de ahí, muy alejada de los que apretujaban su cuerpo, respirando un aroma antónimo al que percibían los demás.
La multitud aglomerada solo dejaba a disposición ver el largo de su lacia cabellera, hasta que volteaba. Parecía precisa, era contradictoria. Sus adormitados ojos lucían un leve tono gris por encima de sus párpados; sus labios iban naturales, sus mejillas no dejaban rastro de algo más de agua y crema humectante.

Ese día llevaba consigo un nublado amanecer, la lluvia solo esperaba el momento preciso para dejarse llevar por el viento y la gravedad.
Al llegar a la novena estación, ella empezó a abrirse paso, forzando suavemente y con toda su fuerza a la multitud sobrepuesta en la puerta de salida, hasta que logró salir.
Una ínfima gota del cielo rodó por el vidrio y así comenzo a llover, mientras la brisa alimentaba la lejanía, hasta que la perdí de vista.

Alma de fotografía

Trozo de alma blando, reflejado;
rostro recargado en el dócil diciembre,
tu vista parte al cerrar las cortinas,
desemboca en corte de monotonía.

Melancolía alegre, sumisa a tu nombre,
es voz entrante y resonante
es viento que pasa y piensa en otra cosa
un rostro recargado en el dócil diciembre.