Archivos Mensuales: enero 2013

Once de la noche, veinticuatro minutos, los segundos fueron contados conforme atravesaban el sonido, veinticinco, treinta… treinta y cinco… cuarenta…, un sonido desesperante envolvió el ambiente, la luna no salía desde hace tres días y los días pasaban sin luz de sol.  Fue un día cualquiera, dependiendo del significado de cualquiera; fue una tarde común, fuera de lo común; pero sobre todo, era una noche terriblemente normal. Lo único de lo que era consciente en tocar mi piel era el frío de noviembre y una pluma que había encontrado en la calle ese mismo día. Comencé a escribir con ella, utilizando tinta de una impresora descompuesta de hace tiempo. Parecía que alguien sostenía mi mano izquierda mientras escribí con la derecha. Un escalofrío azotó mi columna y volteé hacia la única ventana de la habitación. Puerta cerrada, la ventana tenía cortinas que impedían el paso de la luz… o el frío… Quién sabe cómo llegaban las corrientes de viento hasta mí, estaba en una esquina, sentado en mi cama, con un tablero de artes plásticas sobre mi regazo, y sin ver, seguía escribiendo. Era una hoja en blanco; yo nunca logré escribir bien sin una línea guía, así que las oraciones eran casi distorsionadas por la posición de las palabras: veinticinco, treinta… treinta y cinco… cuarenta. Extraño. ¿Por qué había escrito eso? Un gallo cantó de manera fúnebre y no sabía dónde estaba sentado. Extraño. Recorrí la habitación con la vista. Era de noche aún y no tenía encendida la lámpara. El reloj seguía contando los segundos, yo me guiaba por el sonido, veinticinco, treinta… treinta y cinco… cuarenta…,. No sabía qué hora era. Abrí los ojos. Un fondo blanco azotó mi vista. Parecía un ataúd. Cerré los ojos. Los volví a abrir. Estaba cayendo de un edificio. Cerré los ojos y sin éxito los intenté volver a abrir. Una historia me había envuelto entre susurros. Una mujer sacada de una fotografía sepia preguntó mi nombre. No respondí. Dio un par de pasos hacia atrás, me miró de reojo. –Te conozco muy bien- dijo con una voz suave, dulce, pero escalofriante. No quedó más en mi que asentir lentamente, seguirla y buscarme entre un álbum fotográfico, de donde ella había salido. En efecto, mi nombre era…

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Déficit racional

Se hace irónica la palabra y corto el amanecer, vamos acercándonos a una nueva tierra de nadie, donde somos atrapados por un déficit racional. Claro que es planeado por la congruencia de la vida natural, mientras esta ocupa sus espacios en observar, desde la cumbre de la montaña, una fotografía del paisaje. El inspirador viento es frenado al instante con palabras falsas hechas de cristal barato y sucio, donde se filtra el humanismo poco convencional, atrapado en decadencia social, donde todos son hermanos por ser fanáticos del mismo agujero.
Mientras el tiempo se detiene, el rostro va cambiando y ve más allá, divisa su fin por la línea imaginaria de un horizonte cubierto por edificios, preguntándose por qué no se puede evitar lo inevitable, llorando mares amargos, sembrando terrenos superficiales, huecos.
El cielo ha cambiado su color y, aunque sea digno de ovación, su naturalidad se ha desvanecido junto al racionalismo lateral de las cabezas planas, creadoras del lugar inabitable, su hábitat natural.